Emilio White | PUBLICACIONES
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LIBROS

Parque Nacional Iguazú, Maravilla de la Humanidad

Idioma: Español/inglés

Libro de tapa dura con 264 páginas impresas a todo color

Este libro representa un homenaje al Parque Nacional Iguazú, que inmerso en la Selva Atlántica del Alto Paraná, protege 67.000 ha de bosque nativo. Si bien es conocido por alojar a las famosas Cataratas del Iguazú, detrás de ellas, hay un mundo lleno de vida, que pocos conocen y que merece ser mostrado. A lo largo de sus páginas, se recorre la historia de este parque, su flora y fauna, el río Iguazú junto a sus saltos de agua y su actual estado de conservación.

Reserva Forestal San Jorge. Bosque Atlántico del Alto Paraná, Misiones, Argentina.

Idioma: Español/inglés

Libro de tapa dura con 236 páginas impresas a todo color

La Reserva Forestal San Jorge, ubicada al norte de la provincia de Misiones, protege 16.500 ha de bosque nativo. Propiedad de la firma Arauco Argentina,  ésta cumple un rol fundamental en la conservación de la selva atlántica del alto Paraná, ya que hace de conector natural entre las dos áreas de conservación más importantes de la provincia: el Parque Nacional Iguazú y el Parque Provincial Urugua-í. Estas tres áreas conforman un bloque continuo de selva que permite que especies como el yaguareté, aún cuenten con esperanza para poder vivir.

El libro recorre fotográficamente su flora y fauna y es un aliento a que el ámbito privado siga emprendiendo acciones en pos de la conservación de la naturaleza.

DE PUÑO Y LETRA

El tapir, el mono y un fruto a 12 metros

Publicado en el diario La Nación en Supl. Campo, el 19/10/2013

“Esta es la historia de uno de los chacreros por excelencia de la Selva Atlántica. Sí, sí, la selva que tenemos los argentinos en la provincia de Misiones también tiene sus chacreros y el más famoso en la zona es el tapir. Este pariente lejano del caballo requiere fuentes importantes de alimento y es la palmera pindó unos de sus platos principales.

Ahora bien… ¿cómo hace un tapir de 300 kg. para alimentarse de los frutos de una palmera que están a 12 metros de altura? Los invito a viajar con la imaginación a la selva. Es mediodía, hace calor, un grupo de monos caí se moviliza de árbol en árbol hasta encontrarse con una palmera pindó. Con sus movimientos sacuden el “cacho” donde están los frutos, por lo que caen al suelo. Al terminar de comer los frutos, tiran el carozo o semilla, tal como hacemos nosotros los humanos con una manzana. Puede que el viento también haga lo suyo, pero lo cierto es que al cabo de unos minutos un tendal de frutos de pindó queda esparcido por el suelo. Ahora sí, el alimento queda servido en bandeja para otras especies que no cuentan con las habilidades de los monos. Con los primates ya lejos, a este banquete natural se le suma un venado y un tímido acutí, quienes se alimentan de los frutos caídos. Cae la tarde, el canto del yeruvá anuncia la quietud en la selva. Un enorme tapir avanza a alimentarse de esos frutos tan deliciosos y ahora tan accesibles. Luego, sigue su marcha en búsqueda de otras fuentes de alimento naturales.

 

Podemos decir que todo termina, o mejor dicho, todo empieza con un montículo de bosta. En esa bosta que inevitablemente nuestro chacrero por excelencia generó varias horas después de su banquete, aparecen todas las semillas de pindó. En su recorrido por el tracto digestivo del tapir, estas semillas adquieren un poder germinativo muy elevado. Alguna de ellas crecerá, y al cabo de unos años se transformará en una palmera adulta, parecida a aquella que sirvió de alimento a los monos caí, al acutí, al venado y también a nuestro chacrero.

 

En términos más técnicos, el tapir actúa como un dispersor de semillas. Podemos decir que en esta historia de la Selva Atlántica de Misiones, el mono caí cosecha, el tapir siembra y así es cómo la palmera se propaga. Se trata de un trabajo en equipo en el que todos se benefician.

 

A fin de cuentas, en la selva –como en nuestros campos o chacras– las cosas no son tan diferentes como parecen. Ojalá esta historia nos ayude a conservar cada día más la naturaleza, ya sea en el pastizal pampeano, en los valles calchaquíes, o en la estepa patagónica, y así maravillarnos ante la sabiduría de nuestros ecosistemas naturales.”

 

Emilio White

Infografía Samuel Granados

Bailarines de la Selva, artistas del encuentro

Publicado en el diario La Nación en Supl. Campo, el 08/02/14

“Entre las aves que nos maravillan con sus danzas a modo de cortejo y especialmente en época de apareamiento, podemos mencionar a los Macáes, las Grullas, las famosas Aves del Paraíso de Papúa Nueva Guinea y Australia, por citar sólo algunos ejemplos. Ahora bien, en las selvas tropicales y subtropicales de nuestro continente existen muchas aves de este tipo, pero hoy nos quedamos con las propias. En la Argentina, contamos con 3 especies que habitan en la Selva Atlántica. Se trata del Bailarín Naranja, el Bailarín Blanco y el Bailarín Azul, este último endémico de la región, lo que quiere decir que sólo se encuentra aquí y en ningún otro lugar del mundo y es por ello que se convierte en nuestro mejor embajador, nuestro Julio Boca de la naturaleza!

 

Son las 7 de la mañana y la selva explota de actividad. A no más de dos metros de altura y entre los verdes, se asoma la fugaz boina del Bailarín Azul. Ha montado su escenario en una rama horizontal y libre de hojas, y está decidido a comenzar su show. Un espectáculo amoroso y fraternal, ya que este pájaro de no más de 12 cm, para atraer la atención de la hembra necesita de la participación de otros compañeros de baile para así desplegar su arte. Ella, siempre verde y volviéndose una con el follaje, se hace esperar. Vocalizaciones y danzas a modo de ensayo constituyen la antesala del verdadero encuentro. La tensión aumenta y de entre la selva finalmente aparece nuestra dama en cuestión. Mientras ella observa el esfuerzo ajeno, los bailarines machos empiezan a volar sincronizadamente en círculos frente a su espectadora por excelencia. Frenéticos, cada vez mas veloces, vuelan , bailan, vocalizan, tomando el turno del otro para luego volver a bailar. Lo que estos machos posiblemente no sepan es que ella viene de visitar otras “pistas de baile” en la selva o mejor dicho, leks para luego elegir, según el desempeño, con quien acompañarse y en el mejor de los casos, copular.

Románticos, artistas, bailarines, ellos son por definición.

 

Los Bailarines, al igual que otras aves, presentan un mecanismo de selección sexual que tiene lugar en los llamados leks, que son sitios específicos en el cual se congregan los machos, donde ensayan y realizan sus acrobacias para atraer a la hembra. Siempre bailan en los mismos lugares y estos se traspasan de generación en generación, por lo que sus “pistas de bailes” son ancestrales ya que fueron danzadas por sus padres y también por sus abuelos, todos en busca de un mismo objetivo amoroso.

 

Esta selva, que a veces resulta silenciosa y donde el verde parece encandilar, desborda de pequeños rincones, volviéndola mágica y haciendo de estos “spots” verdaderos tesoros. Así, enormes árboles, lianas, bromelias, orquídeas y helechos son el escenario y testigos inigualables de tan increíble espectáculo. ¡Que la selva nos siga sorprendiendo!”

 

Emilio White

Infografía Samuel Granados

El mejor Amigo de la Selva

Publicado Julio-Septiembre 2013 (124) en la Revista de la Fundación Vida Silvestre Argentina

Lucha de Titanes: por un lugar en la selva

“Un Palo Rosa gigante divisa el atardecer.

Tranquilo desde el techo de la selva, se siente seguro e imbatible.

Sin embargo un grupo de murciélagos frugívoros aparecen sobrevolando sus retorcidas ramas. Este simple y natural acontecimiento acarreará consecuencias impensadas.

 

Una horqueta en altura resulta ser un buen lugar para que uno de esos tantos acróbatas nocturnos, elegantemente y en pleno vuelo, libere el exceso de equipaje. El contenido de esa feca será crucial para el destino del gigante de selva que todo lo ve y al que nada se le esconde.

 

Algunos amaneceres después, sobre esa misma horqueta, algo empieza a crecer. Un brote busca aferrarse a la vida. Un brote que busca desesperadamente tanto el cielo y la tierra. Lentamente la tragedia repta hacia ambas direcciones.

 

Ese imbatible tronco de Palo Rosa empieza a sentir una fuerza que sale de sí, pero que no le pertenece.

 

Con el correr de los años, se siente abrazado por los tentáculos de un pulpo. Su aspecto cambia y ahora parece un árbol de dos cabezas. La lucha ya está en marcha y decide tomarse su tiempo.

 

Higuera y Palo Rosa, jugando una lenta partida de ajedrez, en el que sólo uno saldrá invicto.

 

Tomar partido sólo nos pertenece a los hombres y a nuestras palabras.

La naturaleza simplemente Es.”

 

Emilio White

Tras las huellas del Tigre

“Camino por el monte decidido. Tan sólo un kilómetro a pie me separa de mi cámara-trampa. Después de una semana de lluvia, en el aire se respira verde. Emprendo mi caminata ansioso e inquieto. Me pregunto si los sensores seguirán funcionando después de tanta agua. Tras atravesar la selva ya faltan pocos metros para llegar a aquel árbol, en donde deje un casero sistema de cámara-trampa junto a su equipo de sensores infrarrojos, capaces de activarse con mucha sensibilidad ante un mínimo movimiento. De haber funcionado todo bien, este dispositivo me regalará fotos en alta resolución de los animales que por azar han pasado por ahí. Gracias a este aparato, me trasformo en un espía, un testigo silencioso de los misterios de la selva. Sigo caminando, cada vez más cerca, empiezo a ver huellas sobre el barro de al menos un felino y otros pequeños mamíferos. Parece que en el silencio del monte hubo mucho movimiento y eso me acelera el paso.

Lo cierto, debo decir, es que hace muchos años, busco capturar una foto de Él. Del que es. Del que no se nombra porque de hacerlo, dicen los locales, se aparece: el yaguareté, el mayor felino terrestre de América. Incansable caminante, excelente nadador. Temido por muchos, buscado por otros, adorado por menos. Es a Él a quien busco.

 

La Selva Atlántica, presente en la Provincia de Misiones, es uno de los últimos bastiones del yaguareté en la Argentina. También conocido como tigre, este maravilloso animal años atrás solía distribuirse por todo el norte argentino, pasando por la provincia de Buenos Aires y llegando inclusive al norte de la provincia de Río Negro. Principalmente por la acción del hombre, el yaguareté fue desapareciendo quedando en la actualidad una población de 200 individuos, hoy distribuidos en forma aislada entre las selvas de montaña de Salta y Jujuy, el Gran Chaco en Formosa, Chaco y norte de Santiago del Estero y en la Selva Atlántica de la provincia de Misiones. En este último lugar se estima que quedan unos 50 individuos, los cuales se encuentran en peligro crítico de extinción. En el 2001 se declaró al yaguareté como Monumento Natural Nacional, lo que le dio un estatus de protección equiparable a un área geográfica protegida. En este sentido, es como si fuera un parque nacional en movimiento.

 

El yaguareté se resiste. Resiste a la extinción. Resiste el avance del hombre. El yaguareté es la resistencia viva de la selva. Por suerte, todavía en Misiones hay esperanzas y personas comprometidas en su conservación.

La existencia de estos felinos es prueba de que a pesar de todo, aún tienen un hábitat para vivir. Mientras tanto mi trabajo es la espera. Sigo sumergiéndome en la selva, esperando el día en que Él, detenido con todo su esplendor, aparezca dentro de mi cámara fotográfica.”

 

Emilio White

El último coletazo

“Porto Jofre, Pantanal Norte. Mato Grosso, Brasil. Quien me convoca a estas coordenadas es aquel que no se nombra porque de hacerlo, dicen los locales, se aparece: el yaguareté, el mayor felino de América. Temido y adorado en partes iguales.

 

Fue Él y la posibilidad de verlo y fotografiarlo, quien me motivó a estar dentro de una lancha abrazado por un calor de 40 grados, a lo largo de diez días, patrullando las costas del río Cuiaba.

 

Como es sabido, en la Argentina el avistaje de yaguaretés es realmente difícil y son contadas las personas que han tenido la suerte de verlo en estado salvaje. Por mi parte, en seis años de intenso trabajo en el monte misionero, lo pude ver en tres oportunidades, de las cuales sólo una logre fotografiarlo. Con este panorama y ante la necesidad de un cara a cara con este fascinante felino, estar en el Pantanal con su infinita abundancia, por mas cliché que suene, fue un sueño hecho realidad.

 

El Pantanal no escatimó lo suyo. Todos los días tuvieron sus jaguares, e incluso se llegó a ver hasta 3 individuos distintos en un mismo día. Atraídos por la sombra que ofrecen los árboles de la costa del río, intercalaban descanso, siestas y bostezos, hasta desaparecer por los matorrales. Apacibles se movían, como en cámara lenta. Verlos así de tranquilos y recorrerlos con la mirada desde la cabeza hasta el rabo es un lujo al que uno difícilmente pueda acostumbrarse. Aún así, supe reconocer mi natural expectativa de verlos en acción, pero nada aparecía distinto entre bostezo y bostezo.

 

Hasta que un día, amaneció nublado y la fiereza del yaguareté decidió mostrarse. Eran las 9 hs y el “piloteiro” divisó uno, que como de costumbre descansaba. Después de un rato, se perdió entre la selva. Por la tarde, luego de dar algunas vueltas, volvimos a ese mismo lugar y ahí estaba ¡¡había vuelto!! Lejos de su actitud apática de la mañana, ahora se lo veía caminar por la costa, concentrado mirando el agua, como “buscando”. Sin preámbulos, se lanzó como flecha al río y a partir de ese momento empezó una lucha feroz con un yacaré negro. Se entrelazaban como dos furiosos bailarines y después de casi 20 minutos, era el yacaré quien luchaba por su vida. El yaguareté con fuerza lo sujetaba. Primero por la nuca y más tarde, hábilmente por la garganta. En el ambiente reinaba un gran silencio interrumpido por los golpes que estas dos bestias pegaban en el agua. Por último, el yacaré dio un último coletazo, ya de despedida. Fue un momento de profunda intimidad con la naturaleza. Es la muerte de uno para la vida del otro. La naturaleza en su más cruda y viva versión.

 

Por su semejanza con el Chaco Húmedo, es difícil no ser autorreferencial y preguntarse entonces … ¿cuantas veces esta escena se habrá repetido en nuestros ríos y riachos? ¿cuantos tigres criollos habrán predado sobre yacarés en las costas del Río Paraguay, el Bermejo y tantos otros? Hoy sin embargo, se pueden pasar semanas e incluso meses sin si quiera ver un rastro del Rey de América. Yo pienso: El Gran Chaco Argentino, con sus pecaríes, ciervos y venados, osos hormigueros, tapires, muitús, miriquinás y monos aulladores, pumas y ocelotes, el aguará-guazú, ñandúes, charatas, chuñas y tantas otras especies, ¡cómo extraña la presencia del Yaguareté entre ellos!

 

Apoyar proyectos de conservación de esta especie es importante ya que proteger y conservar el yaguareté es garantía de la conservación de muchísimas otras especies.

 

Que la fuerza del gran felino de América nos contagie para trabajar con verdadera convicción en la conservación de especies y ambientes de nuestra querida Argentina.”

 

Emilio White